El
niño y la ciencia*
Francesco
Tonucci
Curso
de Formación y Actualización Profesional para el Personal Docente de Educación
Preescolar
Volumen
II
Programa
de Educación Preescolar 2004
Si
continuamos con la línea que venimos planteando, debemos sostener también la
idea de que, si hay un pensamiento infantil, hay un pensamiento científico
infantil. Es decir, sostendremos la hipótesis de que los niños desde pequeños
van construyendo teorías explicativas de la realidad de un modo similar al que
utilizan los científicos.
Entendemos
que hacer ciencia no es conocer la verdad sino intentar conocerla. Por lo tanto
debemos propiciar en los niños una actitud de investigación que se funde sobre
los criterios de relatividad y no sobre criterios dogmáticos. Esto significa
que hay que ayudar a los niños a darse cuenta de que ellos saben, de que ellos
también son constructores de teorías y de que es esta teoría la que deben poner
en juego para saber si les sirve o si es necesario modificarla para poder dar
una explicación a la realidad que los circunda.
Comenzaremos
ahora realizando un rápido análisis de lo que ocurre normalmente o
frecuentemente en la escuela en el campo de las ciencias y de este modo iremos
recorriendo algunos puntos centrales de la cuestión.
En
líneas generales observamos que existe una tendencia a proponer la ciencia de
formas bien distintas, veremos algunas de ellas.
Presentando
a la ciencia a través de conceptos demasiado simples. Esta forma de acercar la
ciencia en la escuela se basa en la idea de que un niño no puede entender las
realidades complejas. De este modo, los temas seleccionados son, por ejemplo, las
estaciones del año, las hojitas del árbol, la leche de la vaca, etcétera. Esto
provoca un desinterés en los niños, quienes normalmente prefieren continuar con
sus investigaciones fuera del contexto de la escuela, y de este modo van
construyendo un conocimiento para la escuela y otro que responde a sus
curiosidades y que se mantiene fuera de ella.
Presentando
la ciencia a través de conceptos muy complejos, pero de un modo simple. Esta
modalidad se fundamenta también en el presupuesto de que de otro modo los niños
no lo entenderían, pero da como resultado una distorsión en los conceptos. Y
una traición fatal de la propuesta educativa.
Tomaremos
como ejemplo una investigación que hemos realizado sobre la formación de maestros
de escuela primaria en ciencias naturales. En la misma se le solicitó al grupo
de maestros incorporado a la experiencia, que nos dieran información de lo que
ocurría en las clases de ciencia. Realizaban las planificaciones y pruebas con
nosotros, y al ¿mismo tiempo que se estaban preparando en el tema, se
encontraban como sujetos, objeto de nuestra investigación; un papel incómodo,
pero muy interesante para nosotros. Entre las tantas experiencias que se
podrían narrar, tomaremos una en donde con el equipo de la investigación
realizamos una actividad práctica y un taller de reflexión con los docentes del
grupo, en torno al proceso sobre la transformación de la leche en yogur.
Los
maestros participantes, sin que fuera planteado por nosotros, repitieron la
experiencia en sus clases y nos manifestaron luego que los niños habían
comprendido muy bien todo el proceso. Muy preocupados, les preguntamos qué
significaba que habían comprendido muy bien el proceso de transformación de la
leche en yogur con los lactobacilos incluidos, al referirnos a niños de seis,
siete y ocho años. Guiados por la duda les propusimos que para el nuevo encuentro
intentaran completar una ficha donde se les pedían algunas informaciones al
respecto, por ejemplo: ¿por qué la leche es líquida y el yogur es denso?,
etcétera. Personalmente desconocía la respuesta a estas preguntas que habían
sugerido los especialistas, pero tenía mucha curiosidad.
Todas
las maestras, las 24 maestras que participaban respondieron que lo sabían, pero
el problema consistió en que ninguna pudo ofrecer una explicación
biológicamente correcta sobre este tema, el cual según los biólogos que nos
informaron ofrece una cierta complejidad.
Enmarcando
las conclusiones en un ánimo de preocupación, probablemente lo más serio no es
que no lo supieran, o que quizás no se hayan tomado el trabajo de buscar la
explicación correcta. Lo más preocupante no es tanto que un maestro sepa poco,
sino que no se dé cuenta de que sabe poco. Y lo verdaderamente grave es que
piense que sabe y trasmita a sus alumnos conceptos científicos complejos como
si fueran simples, de un modo erróneo, y sin tener en cuenta que quizás los
niños nunca tendrán la posibilidad de reverlos. Veamos otro ejemplo: en Italia
todos los niños reciben una enseñanza a los ocho años en el tercer grado de la
primaria, sobre la fotosíntesis clorofílica. Mis amigos biólogos dicen que aun ellos
no saben exactamente cómo funciona, porque es un proceso bioquímico sobre el
cual los científicos tienen muchas dudas. Les respondí: pregúntenles a las
maestras que seguro que lo saben porque lo explican. Pero más allá del chiste,
deberemos pensar entonces que lo que se hace es proponerles a los niños un
concepto complejo como si fuera simple. Y que al no corresponderse luego con la
realidad queda como un conocimiento para saber en la escuela, pero que no será
aplicable en otros contextos. Lo que estamos queriendo decir es que este tipo
de propuestas provoca resultados exactamente opuestos a los que nosotros nos
proponemos, y desarrolla en la escuela un conocimiento científico paralelo que
no pertenece a la realidad. Es decir, al proponer cosas que el niño no
comprende, la escuela obliga a desarrollar un conocimiento típicamente escolar,
que le sirve sólo dentro de la misma, que conforma al docente pero que lo aleja
de intentar comprender algunas de las explicaciones que la ciencia construye
día a día acerca de los fenómenos del mundo.




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